MITO III. UN ACUARIO DA UN TRABAJO INMENSO

Este mito es firme y compartido por el sentir de muchas personas. Escuchamos esta frase saliendo incluso de la boca de dueños de perros (a veces con más de uno en casa), gatos, conejos, pájaros y demás mascotas, a las que dedican (o deberían hacerlo) numerosas horas de su semana a acciones tales como:

– Sacar a pasear
– Cepillar
– Observar comportamiento y posibles cambios relevantes en el mismo
– Jugar
– Alimentar
– Lavar comederos y jaulas
– Lavar al propio animal
– Barrer y recoger pelos

   Y de forma más periódica:

   – Ir al veterinario
– Buscar persona que pueda cuidarlos durante el período vacacional
– Excusarse ante quejas de los vecinos a causa de ruidos

   Seguramente nos dejamos algunas sin comentar. Que nadie nos malinterprete, en Naturaleza Acuática amamos a todos los animales, y entendemos que el vínculo -y por tanto la interacción- que tenemos con cada especie es diferente. De hecho, abogamos por que se mantengan en casa todas aquellas especies que puedan recibir de nuestra parte unos cuidados óptimos, especialmente si están en situación de peligro (perreras, abandono, etc). Lo que tratamos de hacer ver es lo paradójico que resulta escuchar que un acuario requiere muchas atenciones, cuando en realidad no requiere ninguna de las que hemos nombrado, ya que hoy en día ni siquiera compromete nuestras vacaciones si hacemos uso de la tecnología. No es que el pez sea mejor mascota que otra, pero sus “ventajas” son como mínimo igual de contundentes que sus supuestos inconvenientes. Quizá la clave esté en preguntarnos si realmente un pez es percibido como animal de compañía, o como otra cosa. En muchos hogares, un acuario termina convirtiéndose en un mueble odioso cuyo mantenimiento resulta irritante. Podríamos poner nombres a nuestros peces, ofrecerles cariño y hablarles, pero lo cierto es que nuestra capacidad de interactuar con ellos es muy limitada y parece reducirse a darles de comer, lo cual suele derivar en múltiples problemas originados por sobrealimentación.

   La acuariofilia empieza a disfrutarse cuando, sin restar importancia a los peces, nos enfocamos en el acuario y comenzamos a observar todo lo que ocurre en él. El tedioso mantenimiento de pasar esponjas e imanes por el cristal o aspirar el sustrato cuando encontramos tiempo y motivación, pasa a convertirse en análisis, observación, experimentación y satisfacción cuando empezamos a sentir control sobre los eventos que ocurren (ya sean éxitos o errores) y sobre todo los entendemos. El actual ritmo de vida hace que incluso el acuariófilo más apasionado tenga algunas veces descuidos en el mantenimiento de su ecosistema acuático; pero a buen seguro su perro no se habrá quedado sin comer o sin pasear, porque sabe que son acciones innegociables que deben hacerse. Cuando el tiempo escasea, los peces suelen ser los primeros en sufrir la bajada en el mantenimiento, y esto es porque de manera consciente o inconsciente sabemos que un acuario asentado y balanceado es altamente autosuficiente, sumándose a ello la enorme capacidad de adaptación que nuestros peces tienen a un entorno que se degrada progresivamente. Entonces, ¿supone realmente tanto trabajo un acuario? La clave parece estar en lo que esperamos de él. Quien solo busca un ornamento más en la casa, percibirá que su limpieza es un horror, sobre todo cuando fue adquirido para otra persona que ha terminado por no hacerse cargo. Quien por contra busca aprender teniendo un trozo de naturaleza en su casa, cada vez querrá tener más, y casi no notará el mantenimiento porque éste será parte vital de su experiencia.

MITO III. UN ACUARIO DA UN TRABAJO INMENSO

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