MITO I. EN LA PECERA HAY QUE CAMBIAR EL AGUA; EN EL ACUARIO, NO

Muchos se habrán llevado las manos a la cabeza al leer el título de este artículo, pero es asombroso -y también lógico- que esta falacia esté instalada en la mente de más personas de las que podemos imaginar. Quizá usted sea una de ellas, pero no tema, nadie ha nacido sabio, y mucho menos en acuariofilia. No cabe duda de que uno de los mayores avances en la búsqueda de un ecosistema casi autosuficiente en el que la intervención humana se minimice, fue la invención de los acuarios con filtración del agua. Dejando los detalles de la misma para otros artículos, en este caso simplemente diremos que una pecera y un acuario nuevos no se diferencian absolutamente en nada, si acaso en su volumen de agua y en el aspecto más “avanzado” de este último. Solo hace falta una mínima empatía y capacidad de abstracción para, incluso siendo veterano, comprender la lógica por la que una persona que ha pagado por un filtro, espera que dicha máquina se encargue de hacer lo que su nombre sugiere, y devuelva un agua perfecta para la vida de los peces, desde el mísmo momento de su compra. Pero en acuariofilia esto no es así. Para entender esto, reduzcamos el problema a su visión más simple. Un filtro cumple, muy a grosso modo, con dos funciones:

1) Estética: observar el agua cristalina después de que hayan sido retenidas partículas sólidas, es algo que satisface sumamente a nuestra visión. No obstante, no debemos olvidar que esas partículas no han desaparecido ni han caído en otra dimensión, sino que siguen descomponiéndose dentro del filtro, generando compuestos tóxicos en diferente medida.

2) Biológica: transformar las moléculas de compuestos tóxicos provenientes de materia orgánica en descomposición (excreciones de peces, pudrición de plantas, exceso de comida, etc), y convertirlas en moléculas de compuestos casi inocuos para los habitantes del acuario, es la función principal del filtro, que muchas personas incluso desconocen. Saben que gracias al filtro no tendrán que cambiar tanta agua, pero no saben cómo trabaja. Este “milagro” biológico se consigue gracias a la acción de una colonia bacteriana que tarda aproximadamente un mes en formarse, y un mayor tiempo en asentarse, en lo que es conocido como ciclado o maduración del acuario. Si no esperamos a que estas bacterias estén presentes de manera óptima, nuestro filtro no será más que una caja mágica sin magia, un simple acumulador de basura que contamina un agua que a nuestros ojos es aparentemente limpia. Nótese que al comienzo de este punto hemos remarcado la palabra “moléculas”, lo que nos recuerda que un filtro, incluso dotado de una saludable colonia, no hace desaparecer la basura visible, sino que forma un escudo ante la descomposición de ésta. Por tanto, lo correcto es realizar el mejor mantenimiento posible, retirando la basura visible, para no sobrecargar la filtración y evitar la llegada de problemas.

   En conclusión: un filtro no hace magia. La naturaleza, sí. Pero ello requiere tiempo, y por tanto, paciencia, la virtud principal de un acuariófilo, que tratamos en profundidad en este otro artículo.

MITO I. EN LA PECERA HAY QUE CAMBIAR EL AGUA; EN EL ACUARIO, NO

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