Estamos ante uno de los mitos más clásicos. Vaya por delante, por si hiciese falta decirlo, que lo que sigue a continuación es solamente una opinión, es nuestra manera de enfocar una de las dudas más típicas a la hora de comenzar a cuidar peces: qué comprarle a los niños.

Según este mito, los niños no son capaces de apreciar un acuario, ni tienen la suficiente inteligencia para ello; por tanto, al parecer, la única posibilidad que tienen para iniciarse en la acuariofilia es una pecera (cuanto más pequeña, mejor) con un carpín dorado o goldfish que iremos sustituyendo según se muera (y frecuentemente, dando por hecho que el niño no se da cuenta).

Evidentemente, no hablamos de bebés ni de niños muy pequeños, sino de cierta edad, entre 6 y 13 años. Si la edad es menor, aunque nos guste fomentar la curiosidad de los niños y familiarizarles con los animales, debemos entender que la responsabilidad del mantenimiento o su supervisión recae íntegramente en nosotros.

La opción de la pequeña pecera como primer contacto acuariófilo, se suele elegir por razones tales como:

  1. Algo sencillo y muy fácil de mantener, ya que seguramente tendrán que encargarse los padres.

  2. Algo económico, por si “no le hace caso”.

  3. Algo para que aprenda a cuidar a los animales, ya que más vale que empiece por un pez antes que por un perro o un gato.

  4. Los peces mueren pronto, y por tanto no importan tanto.

Desde nuestro punto de vista, enfocar así esta cuestión, es equivocado, a la par que poco estimulante para un niño. Analizaremos respectivamente y desde nuestra óptica, los puntos que acabamos de citar:

  1. El correcto mantenimiento de una pequeña pecera con uno o dos peces se resume muy sintéticamente de la siguiente manera: cambiar tanta agua como sea posible, tan frecuentemente como sea posible y evitando saltos térmicos bruscos. No existe filtración, por lo que la concentración de amonio excretado por el pez será peligrosa en cuanto dejemos de realizar al menos un cambio de agua parcial diario, del 50% o más del volumen. Ello será la principal fuente de estrés para el pez. Se nos antoja que un mantenimiento así es todo un reto para la mayoría de niños, por parecerles más un ejercicio de disciplina militar, que de aprendizaje o acercamiento al mundo animal.
  2. Si compramos peces por impulso, el efecto de la “novedad” pasará muy rápido, prácticamente el primer día. Es algo que le ocurre a los niños y también a los adultos. Un animal no es un juguete. Es muy simple y fácil de entender. La curiosidad y el amor de los niños hacia los animales es sin duda un sentimiento magnífico que debemos fomentar, pero no nos confundamos, la responsabilidad del animal es nuestra. Además, si compramos con “mentalidad juguete”, es probable que lleguemos a pagar más por una pequeña pecera de plástico, que por un acuario de vidrio, especialmente si nos decantamos por peceras que son adornadas con productos oficiales de personajes de animación, con su correspondiente copyright. Por tanto, el factor económico, es muy discutible.
  3. Nuevamente el factor económico vuelve a intuirse en este punto: un pez es barato. Pero es evidente que también influyen otras consideraciones, tales como: el pez suele dar menos pena si muere, no te persigue por casa recordándote tus obligaciones respecto a él, no hay que sacarlo a pasear, no da problemas al dejarle solo en casa, etc. En definitiva, comenzar por un pez no es más fácil, es más cómodo. Si nuestra forma de fomentar el amor hacia la Naturaleza es inculcar de manera directa o subliminal (no cometamos el error de despreciar el cerebro de los niños, que es una enorme esponja que capta todo) que un pez es un animal de muy poca importancia, posiblemente estemos consiguiendo lo contrario de lo que pretendemos, que se supone es fomentar el amor hacia los animales. Dicho de otra manera, y esto vale para todas las facetas de la vida: quien no cuida lo pequeño, no cuida lo grande.
  4. Los peces a los que nos referimos en este caso, muy probablemente son los carpines dorados o goldfish (carassius auratus). El “pez normal de toda la vida”, como se le suele conocer, tiene una esperanza de vida mínima que ronda los 10 años, aunque se han registrado adultos que han superado los 25 años. Por tanto, si tenemos el convencimiento de que este pez vivirá poco, estamos dejando claro que o bien desconocemos lo básico sobre dicho pez, o bien no confiamos en el desempeño de los niños a los cuales encomendaremos su cuidado. Ambas opciones nos parecen desalentadoras.

CONCLUSIONES

Si queremos fomentar en los niños el cuidado del mundo animal dentro de nuestro propio hogar, no podemos hacerlo de espaldas a los conocimientos básicos para poder conseguirlo, y no podemos delegar sobre ellos toda la responsabilidad. Los animales no son juguetes (lo repetiremos hasta que no nos quede voz). Juguete es todo aquello que estimula la curiosidad, imaginación y habilidad de un niño, y que aunque es deseable conservar en buen estado, sabemos que eventualmente puede terminar roto, incluso habiéndole dado un uso normal. Hay mil opciones que cumplen este cometido, antes que un animal.

Cuando adquirimos un pez, estamos tratando de fomentar otros valores: responsabilidad, paciencia, disciplina y amor. Un acuario con filtración nos ayuda mucho en esta aventura, porque si nos informamos correctamente, si damos los pasos adecuados y ayudamos a los niños en el mantenimiento (más complejo, pero mucho menos exhaustivo que el de la pecera), éstos quedarán probablemente fascinados desde antes incluso de tener peces nadando en él. Un acuario es una escuela, para todo aquel que esté dispuesto a aprender con él, además de una inmejorable oportunidad para compartir tiempo con nuestros hijos.

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