Este artículo es de esos que no pensábamos escribir nunca, no por desechar la idea, sino por considerarla conocida y sabida por la gran mayoría. Pero cuando los hechos hablan, hay que adaptarse a ellos. Tras más de un año con vosotros, ya podemos asegurar cuál es sin duda el problema número 1 que tienen nuestros clientes, a partir del cual surgen problemas secundarios que normalmente son los que nos acaban consultando. Siempre tratamos de indagar la raíz de los problemas, y esa raíz en un altísimo porcentaje es la siguiente: la filtración biológica es golpeada una y otra vez por compuestos clorados destinados a la desinfección del agua de abastecimiento público.

Cada día tratamos de inculcar -hasta el extremo de poder resultar irritantes- que el cuidado de un acuario debe enfocarse plenamente en el agua, y no en los peces. Tan aparentemente ilógico como real. Si procuramos a nuestros peces un agua con una bajísima concentración de tóxicos (con “bajísima” nos referimos a no medible por medio de test comerciales), ellos tenderán en gran medida a estar bien, y cualquier patología que pueda presentarse tendrá muchas más probabilidades de ser superada, puesto que es afrontada por un pez fuerte, no debilitado de antemano.

No obstante, día a día seguimos viendo más y más casos. Seguimos detectando acciones como las siguientes:

  • Lavado persistente y frecuente del filtro y sus cargas, con agua del grifo.
  • Cambios de agua añadiendo agua del grifo sin tratar.
  • Adición de anticloro directamente al acuario después de terminar el cambio de agua, y en proporción insuficiente (si echamos anticloro directamente al tanque, debemos añadirlo según el volumen completo del mismo, y no solo para el agua nueva).
  • Enjuague constante de la grava decorativa, con agua de grifo.
  • Limpieza extrema del acuario.

El problema es de base. De concepto. Muchas personas consideran que le dan al acuario unos cuidados impecables, porque no paran de sacar la grava y el resto de la decoración para limpiarla y frotarla a fondo semanalmente, bajo el grifo (incluso a veces usando jabones). A la vista, el trabajo resulta impecable y digno de elogio, pero biológicamente es un desastre continuo. Debemos saber que la limpieza estética es totalmente secundaria en un acuario, y de hecho lo deseable es que se minimice al máximo, logrando que el propio equilibrio de nuestro pequeño ecosistema nos provea de un entorno con muy pocas algas, turbidez, etc. Entendamos la estética como un medidor visual de estabilidad, y limpiemos solo aquello que tengamos bajo control. Si nos afanamos en limpiar semanalmente un enorme problema estético que siempre regresa, estamos dando la espalda al verdadero problema que hay de fondo.

¿En qué consiste entonces limpiar un acuario? Principalmente, se trata de extraer toda la materia orgánica posible, que de otro modo se descompondrá generando amonio. Esto debe realizarse de la manera menos invasiva posible, evitando extraer elementos decorativos en lo posible, evitando sacar a los peces, y evitando a toda costa las limpiezas profundas de urna y filtro a la vez.

Dedicar toda la tarde del sábado o domingo a poner patas arriba el acuario, además de impedirnos planes más interesantes, son un gasto de tiempo que será premiado frecuentemente con grandes desequilibrios y problemas. Y cuanto más limpiemos y frotemos, menos cundirá esa limpieza estéticamente, ya que en pocos días estará igual o peor. Un acuario equilibrado, con mantenimiento de hábitos regulares y filtración estable, hará que gran parte de la bonita estética que deseamos nos venga dada sin mayor esfuerzo. Limpiar y frotar como locos no conseguirá amedrentar a las algas para reaparecer con fuerza si las condiciones siguen siendo propicias para ellas. De hecho, irónicamente en algunos casos las propias algas se han convertido en el principal elemento filtrante del acuario….y las eliminamos sin darles las gracias.

Pero volvamos al cloro, que es el principal problema que subyace en las limpiezas. Las empresas de tratamiento de agua utilizan desinfectantes basados en cloro. El más conocido es el hipoclorito de sodio diluido, que todos conocemos como lejía, aunque a la hora de hablar de la desinfección del agua, simplemente decimos “cloro”. Está muy extendido el conocimiento de que “el cloro se evapora rápidamente”. Y es correcto…cuando nos estamos refiriendo a la lejía, estado en el cual el cloro es sumamente inestable y propenso a la evaporación. El problema -desde el punto de vista del asunto que nos atañe- es que las plantas de potabilización han evolucionado mucho en los compuestos que se usan para el tratamiento de agua de consumo humano. Y es que su foco no está puesto en los acuarios, lógicamente, sino en la salud de los ciudadanos. Hoy en día, junto a los hipocloritos, se utilizan otros derivados del cloro que son prácticamente inmunes a la evaporación: las cloraminas. Perfecto para garantizar la salubridad a los humanos, y fatal para los acuarios, principalmente porque son altamente desconocidas. Además, dado que las cloraminas se forman mediante la adición de amonio y cloro, aunque el agua de red no las lleve, pueden llegar a formarse en nuestro acuario.

Conclusión: debemos declorar actívamente el agua antes de introducirla en la urna. Hoy en día, los mejores decloradores líquidos del mercado, tienen un precio más que asequible, y ahorrar en ellos tras haber comprado un acuario, es como ahorrar en líquido de frenos tras comprar un coche. Existen otras opciones, como utilizar decloradores por sedimentación, carbón activado, etc, pero habrá que tener en cuenta la alteración que realizan sobre otros parámetros del agua. Sea como sea, el clásico acto de dejar reposar el agua debe seguir siendo entendido como una más que recomendable manera de atemperarla (sobre todo en pequeñas peceras), y nunca como una manera segura de declorarla.

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